martes, 26 de enero de 2016

Guerra


  Le costaba limpiarse los dientes. Cogía el cepillo con la mano izquierda, se lo llevaba a la boca, y ahí comenzaban sus penalidades. Lo movía en el interior de su boca como un pato mareado, como si no tuviera fuerzas, de manera muy torpe. Había perdido la mano derecha en el campo de batalla y ahora tenía que aprender a usar la mano izquierda para lo que antes hacía con la derecha. Escribir por ejemplo, firmar un documento, una carta, atarse los cordones, limpiarse los dientes…Todo eso le suponía una odisea y por ese motivo, meditando, permanecía ahora mirándose fijamente en el espejo del baño con el cepillo en la boca y la pasta de dientes asomándole por la comisura de los labios, con cara de circunstancias y lamentándose por dentro de esa maldita guerra. “¿Por qué tuve que ir a esa estúpida guerra?” Lo que antes realizaba sin pensar, automáticamente, ahora no podía realizarlo o lo costaba horrores. Tendría que empezar de nuevo, aprender a articular los dedos, a mover la muñeca, adquirir la habilidad que le habían arrebatado al quedarle sin mano derecha. “Podré hacerlo”, pensaba, “peor sería si me hubieran matado, o quedado paralitico o minusválido o ciego. Peor es la miseria. Peor es la falta de ánimos e ilusión por algo.”



     Parker había combatido en la guerra civil, en el bando republicano, y casi lo mataron. Le cayó una granada a muy pocos metros, y no tuvo tiempo para reaccionar. Perdió la mano de cuajo…y el conocimiento. Cuando se despertó en el hospital de campaña, aturdido y aún despistado por la anestesia, como si hubiera estado deambulando por una nebulosa, se percató de las vendas que le cubrían la mano derecha; y se asustó. No sentía su mano derecha. No sentía sus dedos, no podía moverlos. “No tengo mano, oh dios, no tengo mano”. Se puso a gritar y una de las enfermeras se acercó a su cama. Estaban en un pequeño pabellón con más lisiados y más camas. “Tranquilícese, señor, acabamos de operarle y está en el hospital de campaña. Hemos salvado su vida. Lo encontraron desangrándose e inconsciente en una trinchera. Ha tenido mucha suerte soldado. Ahora está a salvo”. La enfermera tenía su mano sobre la frente de Parker y le acariciaba muy suavemente, con afecto. Le hablaba muy despacio, masticando las palabras y mirándole a los ojos. Le transmitía calma. Su aparición le recordó a la de un ángel. Un ángel salvador. Su ángel.



     Dejó el cepillo de dientes y se enjuagó la boca. Había tardado el triple de tiempo que con la mano derecha pero lo había logrado. Tenía la boca limpia. Le gustaba la sensación. Se dijo a sí mismo que la próxima vez tardaría menos tiempo. “Cada vez menos tiempo. Al fin y al cabo, un manco no es ningún discapacitado”, pensaba mientras recordaba a la enfermera que le cuidó en el hospital de campaña. “¿Qué sería de ella?”